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VIEJO Y ENFERMO IBA YO EN MI TRINEO



Cuento de Martín Sosa Cameron
VIEJO Y ENFERMO IBA YO EN MI TRINEO

Viejo y enfermo iba yo en mi trineo, atravesando la blanca y blanda nieve del verano; marchaba hacia el gran hospital que está en pleno centro de la ciudad, esa urbe plantada en el medio del campo; el calor era insoportable y el frío me hacía castañetear los dientes; ¿está usted enfermo? No. ¿Se siente mal? No lo sé. ¿Le duele la cabeza? No, pero tengo una jaqueca insoportable. Era de noche, y el sol todo lo iluminaba al paso de mi trineo tirado por ágiles tortugas gigantes, las más aptas para esta tarea. Yo iba solo, único, como siempre, y me acompañaban dos amigas, una morena y la otra pelirroja, preocupadas por mi asunto. ¿Te sientes mejor? Algo, sí, algo mejor. Deberíamos haber ido en avión: es más rápido y esto puede ser urgente. Sí, pero no vale la pena usar un avión para recorrer sólo cinco kilómetros. Bueno, está bien, fue una simple sugerencia. El hospital está en esa inmensa avenida, la que es tan angosta. Es muy grande el hospital, tan grande es que quizás por eso no lo han construido: todo era un sitio baldío, lleno de desperdicios y yuyales y médicos y enfermeras y pacientes a la espera de la inauguración, que demoraría, por el tamaño de la obra proyectada, unos veinte o veinticinco años. ¡Pero yo no puedo esperar tanto: soy un viejo! ¡Pero hombre, tenga paciencia!, ¿acaso no existe la eternidad, la nada, la nada nodriza y madre de todo? ¡Pero esto es una barbaridad, mediquito!, ¡atiéndame ahora mismo! Deberá subir por el ascensor, pero tenga cuidado: el edificio sólo tiene diez pisos y el ascensor fue calculado para veinte: hace pocas horas unos enfermos apretaron mal los botones y fueron a dar a la estratosfera. ¡Qué problema!: ahora necesitaremos un nuevo ascensor, ¡debe esperar, ser paciente! ¡Soy, sí, soy paciente, su paciente, un paciente, eso quiero ser, atiéndanme ya mismo, soy un paciente impaciente! ¡Qué hermosa morenita, qué bonita la colorada! ¿Son sus asistentes? Son mis amigas, mis dulces compañeras, masculinas como un súcubo. ¿Tiene fiebre? No, lo normal en mí: cuarenta y tres grados centígrados, ¿y usted? Yo estoy bien, gracias, ¿y usted? ¡Yo no estoy bien, ni vengo al hospital a pasear, atiéndanme! ¿Es que acaso no le estamos prestando atención, conversando?; ¿cómo vamos a saber lo que tiene, lo que le pasa, si no dialogamos? ¡Medicucho ignorante, váyase al diablo! ¡Cariñito, cariñito mío, tranquilízate, acá te pondrás mejor! ¡Cállate, morena tonta!, ¿qué sabes de medicina? Caramba, qué lejos está el hospital, ¿lo habrán construido ya? Hace unos días los albañiles le comenzaban los cimientos, justo encima de la azotea; tal vez ya hayan terminado el edificio: es colosal, y esto lo sé porque nunca lo supe. El trineo se bambolea suavemente, como una balsita en medio de un maremoto, un maremoto en pleno bosque. La nieve es agua, tanta nieve es mucho agua, esto es un lago: en vez de trineo debí salir en mi barco: llegaríamos más ligero. Mis compañeras, la morena, la pelirroja y la rubiecita, todas jóvenes y llenas de senilidad y casta promiscuidad, se besuquean y manosean entre ellas, indiferentes a mi estado. De pronto, un accidente: a una de las tortugas se le cae el cascarón, hay que parar y arreglarla. ¡Llevémosla al hospital veterinario! ¡No, tonta, a un taller mecánico! ¡Tú, tú eres el único hombre aquí: arréglala tú, que entiendes de estas cosas! ¡No soy biólogo! ¡Estás enfermo, quédate y no te muevas, que hace calor y el frío te hará peor!, ¿no ves que es noche cerrada y si no fuera por el sol casi no veríamos nada? Pongan a la tortuga en el trineo. ¿Pero es que no te das cuenta que no cabemos todos aquí? A este paso no llegaremos nunca. ¿Y si cierra el hospital? Me imagino que tiene sus horarios: es una cosa seria, organizada, y no es cuestión de ir ahí a cualquier hora; después, haremos la cola de las emergencias: nos atenderán más rápido: una urgencia sólo lleva tres o cuatro horas, los empleados son amables. ¿Y la tortuga, qué hacemos con la tortuga? ¡No seas histérica, todas las rubias son histéricas! ¡Pobrecita, pobrecita la tortuga! La pelirroja toma entre sus frágiles brazos a la gigantesca tortuga, le acomoda el caparazón y, armado ya el animal, lo mece en su regazo. ¡Ahora iremos más lento! No importa: llegaremos lo mismo. ¡Pero es que lo mío es urgente!, ¿es que no se dan cuenta? Si tienes apuro, vejestorio, trasto molesto, pues vete corriendo: llegarás temprano, antes que cierre el hospital. Sí, pero si llego temprano aún no lo habrán construido, ¿y quién me atenderá? Nosotras, nosotras te atenderemos, como lo hacemos siempre, vejete amado, vejador preferido, vejamen proferido, ¡te amamos, te deseamos! ¡No me toqueteen, tontas, estoy enfermo! Los moribundos nos excitan. ¡No estoy agonizando, imbéciles, simplemente me estoy muriendo, igual que ustedes, igual que todos! Sí, pero ahora tú más rápido que los otros y que nosotras: estás enfermo, estás grave, estás serio, esto no es broma: estás enfermo, y los viejos muy viejos no se enferman porque sí, no, no: se enferman para quedar secos, duritos y distraídos. ¡Cállense y bajen a tirar del trineo! ¡Pero no, estamos descalzas y casi desnudas, querido sátiro, y con el calor que hace nuestros delicados piececitos de danzarinas se congelarán con la nieve! ¡Justo, justo ahora se pone a nevar, en pleno invierno veraniego, en plena noche a las diez de la mañana! Es preferible la nieve a la lluvia. ¡Allí hay un caballo, en el camino sin trazar, ese burro nos hará más veloces! No es más que una cebra, y las cebras son lentas por culpa de sus rayas, de nada nos servirá. ¡Pobrecita la cebra, pobrecita, se congelará con este calor! ¡Otra vez tú, rubia ponzoñosa!, ¡acaba ya con tus animales! ¡Ya acabé, ya acabé gracias a esta morenita, viejito de harén, viejito de arena! ¡Rubia histérica, ninfómana, lesbiana, safista, tribadista! El trineo seguía avanzando para atrás sobre la playa, pero yo, viejo impaciente, enfermo, no veía la hora de llegar al hospital. Atravesamos grandes calles vacías llenas de gente, con rascacielos de dos pisos y jirafas danzando en la copa del único árbol. ¡Qué lejos está la ciudad, qué lejos el hospital! Basta, basta ya de besuquearse, de besuquearme, ¿no ven que estoy enfermo? Es para curarte, viejito adolescente impuro. ¡Sin médicos no me curaré! Necesito remedios, medicamentos, necesito químicos, necesito bioquímicos, farmacéuticos, un laboratorio, necesito ciencia, necesito investigadores, necesito gente estudiosa de la física, la química, la farmacopea, necesito arquitectos para que hagan el hospital, necesito que construyan la ciudad para que en ella inauguren el hospital, ¿se dan cuenta de lo complicada y delicada que es mi situación cuando me enfermo? ¡Necesito enfermeras, fábricas de inyecciones, producción de sueros y de bolsas de plástico para guardar todas esas cosas, y cajitas de cartón para envolver los medicamentos, y una imprenta para que pongan los textos que correspondan a cada cartón correspondiente a cada remedio que corresponda al tratamiento correspondiente! ¡Estoy en un lío! No, no, si ya se sabe que enfermarse no es una ganga, pero, ¡dejen de manosearme! ¿No ven que estoy grave? Agudo, te estás poniendo agudo con la edad, vejete esdrújulo, insaciable y priápico, delicioso muñequito, viejito morboso, amante sin fatiga. ¡Necesito trenes, aviones, transatlánticos para que se consigan los remedios, para que se fabriquen los medicamentos! ¡Necesito ingenieros, gente que trace rieles, que diseñe aviones, que pilotee toda clase de máquinas, operarios de fábricas, empleados administrativos que agilicen y hagan más lentos los trámites burocráticos para el manejo de tantas, tantas cosas! ¡Calma, calma, viejito, te estás excitando: te subirá la fiebre y te bajará la temperatura, estás delirando con lucidez! ¡Cállense, tontas!, ¿qué saben ustedes? ¿Qué saben de cómo funciona el mundo? ¿No se dan cuenta de todo lo que necesito? Me hacen falta estaciones de trenes, diseñadores de vagones, empleados de ferrocarril, aeropuertos, alguien que los diseñe, los calcule, los use, alguien que fabrique aviones, combustible para que puedan funcionar, también gente de mar, pilotos de tormenta, agua para que se sostengan los barcos, ¿no lo ven, no ven cuánto necesito? ¡Ah, que necesito el planeta, el planeta entero para poder curarme! Necesitaremos, también, un puente, un ingeniero que lo diseñe, obreros que lo construyan, técnicos que los dirijan, dos orillas para que lo sostengan, no olviden que deberemos atravesar ese caudaloso río seco. ¡No está seco, simplemente está lleno de agua deshidratada! ¿No lo ven, no lo ven?: también necesito hidrógeno y oxígeno, ¡todo, de todo necesito para curarme! Te pondrás bien, te pondrás bien, eres viejo, muy viejo, pero joven, fuerte y resistente como la paja en el ojo ajeno. ¿Qué saben ustedes, tontas, que sólo menean sus tristes trastes, trastos tan deliciosos? Ah, vean, chicas, vean: se está poniendo cariñoso el anciano atractivo. ¡No me besen, no me toquen, estoy enfermo, necesito salud, necesito el mundo, el planeta, las leyes del universo para curarme! Eres insoportable, vejete mocoso, caprichoso, detestable. El trineo se estremece a causa de nuestros movimientos y mi agitación, todo es vertiginoso como el vuelo de un tiburón: me duelen las manos, me pesan los pies, siento placer entre las piernas, ¡placer yo, a mi edad, entre las piernas! Es la fiebre alta: me ha bajado la temperatura. Aquí estamos, en el medio de la selva, es de noche, es de día en este desierto tan frío, y nieva sin cesar bajo el sol del verano invernal; yo, el muchacho dormitando y las ágiles tortugas que tiran del trineo destartalado; detrás nuestro, de nuestra caravana, como un tren con dos locomotoras, unos rinocerontes nos dan constante envión, pero sus cuernos lastiman nuestras espaldas y los asientos del trineo; a este paso llegaré tarde al hospital para que atiendan al niño enfermo de tanta salud: es inquietante la salud, como la felicidad, siempre llena de asechanzas, chanzas y otras cosas. De pronto, las tortugas, quizás para distraerse, comienzan a fornicar, igual los rinocerontes, yo con el mozalbete no quiero, y el trineo, nuevamente, se detiene. Despierto al muchacho, que agoniza y no quiere ayudarme; tiernamente, con un puntapié, lo arrojo del trineo y lo obligo a que colabore conmigo para destrabar a los frenéticos animales del trópico boreal. ¡Abuelo, no doy más! ¡No te quedes ahí quieto, sin hacer nada, mocoso inútil: ayúdame con estos pecadores! Como lidiando con salvajes, destrabo a las bestias: todos son inconvenientes: maldigo a mi caprichosa memoria que me hizo olvidar de atar el trineo al dragón que tenemos en mi cabaña, en mi casa que está dentro de la cueva, bien a la intemperie. ¿Por qué no traje al dragón? El adolescente, lleno de fuerzas, siempre sano, me auxilia como puede; yo, viejo, trato de poner orden entre los animales, pero se han roto las cuerdas que los ataban al trineo y se desbandan para hacer sus amoríos con libertad, lejos de nosotros, del trineo, la enfermedad y el hospital. Empiezo a tirar del trineo yo, el efebo se sienta en él para descansar, ¡de algún modo debo llegar lo más rápido posible para que me atiendan, para que me curen! Estoy solo, ¿qué hago? ¿Abandono el trineo? Si llego al hospital, es posible que regresen y atiendan a la niña, embarazada: algo le hice, no recuerdo qué, pero está encinta. ¡Y yo que lo creí un chico! Son los errores de la vista y del tacto, del acto y la lujuria de un viejo. No, no puedo dejar el trineo, y me harta este silencio, pero estoy solo y no tengo con quién hablar. Ah, cuándo, cuándo llegaré al hospital. ¿Habrán puesto en el mundo todo lo que necesito del mundo para curarme? ¿Por qué, justo ahora, tan sano como estaba, este súbito malestar?

Publicado en http://paginasenlibertad.blogspot.com/



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